ROSQUILLAS
Ayer fui con mi abuela a la Virgen de los Remedios, en Mondoñedo. Supongo que para ella tengo muchas cosas que arreglar, porque el caso es que “me ofreció”. Que ese tema tiene su aquel, porque al final, a ti te ofrecen para que vayas a la romería, y quieras o no quieras… Supongo que nunca le agradeceremos bastante a las abuelas todos estos pequeños desvelos y ofrecimientos a santos varios. Y mi abuela, sin desmerecer al resto de abuelas es la mejor del mundo. Faltaría más!
El caso es que cuando salimos de la iglesia, después de la cola para que la santa nos bendijera (bueno, otro día os cuento la batalla de la imagen asesina…) nos fuimos directos a desayunar, que la fe no quita el hambre, y nos olvidamos las rosquillas!!!
Recordáis que en toda romería que se precie tiene que haber un puesto de rosquillas? Y eso nos lleva a la famosa frase “se venden como rosquillas”… Todos la hemos oído o utilizado alguna vez referida a un producto solicitado, de fácil venta. Pero, a ver…cuántos habéis comprado rosquillas hoy? ¿Ayer? ¿La semana pasada? Nadie! Si es que tiene razón mi abuela: las que venden son incomibles. Solamente te gustan las que hace tu madre.
La rosquilla es el último recuso de la bollería. Para comerte una, tiene que haberte fallado el croissant, las galletas, la palmera, los bollos, los pastelitos Martínez, y hasta unas magdalenas que le lleva mi madre a mi padre y que él dice que son ladrillos!
No conozco a nadie rico por vender rosquillas. Fíjate si es difícil vender este producto, que se necesita un día al año, el día de San Blas, tres de febrero, para poder endosarlas, y tienen que estar bendecidas, si no, ni se venden. A mi me ponen unos churros, por poner un ejemplo, y aunque me digan que están maldecidos por el mismísimo demonio, me los como. Mi amiga Isabel se comería tres merengues como si nada; no he visto comer nunca más de dos rosquillas a nadie. No hay una hora del día apropiada para comerlas; ni son postre, ni merienda, ni ná. La única utilidad que se le conoce a la rosquilla es la de mordedor natural para los bebés que están echando dientes (y eso si no se tiene pan a mano)
Y todo esto, porque me olvidé de comprar las dichosas rosquillas. Al menos, me traje la tarta de Mondoñedo…
Bicos
El caso es que cuando salimos de la iglesia, después de la cola para que la santa nos bendijera (bueno, otro día os cuento la batalla de la imagen asesina…) nos fuimos directos a desayunar, que la fe no quita el hambre, y nos olvidamos las rosquillas!!!
Recordáis que en toda romería que se precie tiene que haber un puesto de rosquillas? Y eso nos lleva a la famosa frase “se venden como rosquillas”… Todos la hemos oído o utilizado alguna vez referida a un producto solicitado, de fácil venta. Pero, a ver…cuántos habéis comprado rosquillas hoy? ¿Ayer? ¿La semana pasada? Nadie! Si es que tiene razón mi abuela: las que venden son incomibles. Solamente te gustan las que hace tu madre.
La rosquilla es el último recuso de la bollería. Para comerte una, tiene que haberte fallado el croissant, las galletas, la palmera, los bollos, los pastelitos Martínez, y hasta unas magdalenas que le lleva mi madre a mi padre y que él dice que son ladrillos!
No conozco a nadie rico por vender rosquillas. Fíjate si es difícil vender este producto, que se necesita un día al año, el día de San Blas, tres de febrero, para poder endosarlas, y tienen que estar bendecidas, si no, ni se venden. A mi me ponen unos churros, por poner un ejemplo, y aunque me digan que están maldecidos por el mismísimo demonio, me los como. Mi amiga Isabel se comería tres merengues como si nada; no he visto comer nunca más de dos rosquillas a nadie. No hay una hora del día apropiada para comerlas; ni son postre, ni merienda, ni ná. La única utilidad que se le conoce a la rosquilla es la de mordedor natural para los bebés que están echando dientes (y eso si no se tiene pan a mano)
Y todo esto, porque me olvidé de comprar las dichosas rosquillas. Al menos, me traje la tarta de Mondoñedo…
Bicos




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