LA TIERRA PROMETIDA
Esta es la historia de la otra España, la de los marginados, zarrapastrosos, la de los cayuqueros atípicos, la de aquellos que rezaban en las travesías, lo mismo que hoy invocan protección los subsaharianos... Paco fue uno de los 106 inmigrantes de La Elvira, paupérrimo velero que cruzó en 1949 el Atlántico, desde Gran Canaria al puerto de la Guaira, en busca de un nuevo horizonte. Clandestinos, "viajamos hombres de 14 años en adelante, 14 mujeres y una niña de siete años...", escribió. Un centenar de apátridas forzados a desafiar a Poseidón. Pagaron, cada uno, 4.000 pesetas.
El hermano de Paco, Juan, casi pudo palparle, en la oscura lejanía, desde la lancha, en la madrugada del 17 de abril. Casi pudo sentirlo cuando se sacrificó, y renunció a subirse al barco en la playa de las Canteras (Gran Canaria), en el crítico momento, al escuchar el rugido de una patrullera de la Guardia Civil: "¡Alto, en nombre de España!".
Paco fue "lanzado como un saco de patatas dentro del velero. Tenía 17 añitos. Era analfabeto cuando llegó acá, a Venezuela", dice su hija Blanca, de 43 años. Ella, Raquel y Jesús, los tres venezolanos, se han criado con las narraciones de la odisea. "Nos contaba que hacían carreras de piojos para matar el tiempo", explica Raquel. Se levantaban "mojados por los vómitos de sus compañeros, dormían uno encima de otro, y se turnaban para que unos estuvieran arriba del bote, y otros abajo; no cabían".
Hacinados: canarios, andaluces, gallegos, castellanos y vascos. Su guía, la estrella polar. Cada amanecer sonreían a Dios: "¡seguían vivos!".
Al llegar a la costa, famélicos, tras 36 días de calamidades, se lanzaron sobre una fruta extraña. "Olía a trementina, y pensaron que era veneno", dice Blanca. "Pudo más el hambre que el miedo a morir". Tuvieron suerte, ese veneno, era mango.
Paco Azcona rehizo (¿o empezó?) su vida en Venezuela. Se hizo pintor de brocha gorda, durmió en las plazas, mendigó platos de comida. Tuvo otra vez suerte y se casó con Ermelinda, que hoy tiene 83 años, y sufre alzheimer. Ella era venezolana, maestra, y le enseñó. "Mi papá acabó siendo muy culto y querido en Guarena. Montó el Orfeón de la ciudad, el Liceo, el primer periódico...", dice Blanca.
Cuando murió, pidió que sonaran dos canciones. Una, la que tenéis de fondo “Alma llanera”. Otra, “palmero sube a la palma”.
Dedicado a aquellos que tienen problemas de memoria y lengua viperina.



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