lunes, 3 de septiembre de 2007

LISBOA, BOCADINHOS DE FADO


Hemos pasado unos hermosos días en Lisboa. Como nuestro espíritu aventurero aventaja en un par de cabezas a nuestro sentido común, no hemos planificado un viaje turístico, sino mas bien un descubrimiento. Lo que sigue no es "la guía definitiva de Lisboa", sino "nuestra guía de Lisboa", que ojalá le sea de ayuda a futuros viajeros. Sólo tenéis que buscar los lugares en el buscador. Próxima y lejana, llena de contrastes, es un tesoro para los ojos que la contemplan desde alguno de sus "miradouros".

Ese aire de ciudad descuidada, melancólica, se respira paseando por las angostas y adoquinadas calles del barrio de Alfama. El tiempo se detiene. Los planos en mano diferencian a turistas despistados de oriundos. Una distribución laberíntica, escaleras sin un destino claro, pasadizos y todo bajo la ropa tendida en los balcones que cruza de lado a lado las calles, como si de un elemento decorativo de las destartaladas fachadas se tratara. Aquí el azar es el mejor aliado para encontrar una salida. Nos perdimos y callejeamos tantas veces…

Tentando a la suerte (y no somos supersiticiosos) el color amarillo invade la ciudad del azulejo, elevadores que acercan a curiosos y extraños un poquito más al cielo y tranvías que trepan por las calles. Lisboa no podría concebirse sin su entramado eléctrico, sin sus raíles en el suelo…

Pessoa, Saramago, el Chiado..., Rossío, la Plaza del Comercio, la Sé …, kilómetros en los pies y dolor en los gemelos, con una mirada cansada pero satisfecha. Azulejos. Reposo en las terrazas, Sagres o SuperBock, bacalao y café cargado. Casa dos Bicos… Camino de Belém, Jerónimos, Descubridores,…, el barrio alto con sus callejuelas, su locales de fado y sus desvencijadas fachadas,..., la estación, el metro.

Y la partida: Lisboa se extingue, pero su recuerdo navega de vuelta con el turista enamorado por la sencillez de su belleza, por el olor que desprende una ciudad portuaria (a café, a sardina, a pasteles de nata),…por ser fiel a si misma con su decadencia, y aún así, visitada.

Sintra, Palacio da Pena, Cascáis, Estoril, Cabo da Roca… Entre nieblas sin conseguir ver los acantilados, nos marchamos.

Y un último pensamiento para Inés de Castro, noble “castellana” coronada después de muerta por su rey Don Pedro. Amoríos medievales, intrigas palaciegas. Y cocido portugués en AlcobaÇa .
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