domingo, 7 de octubre de 2007


He tenido el blog un poco abandonado.Mi querido Enrique me ha dado un toque de atención, así que aquí estoy de nuevo. Parezco un escritor con el famoso stress de “la página en blanco”…


Uno de los motivos por los que no he actualizado, ha sido una cena (la vida social no es compatible con teclear). Pero compensó y mucho por el buen rato y la buena compañía. El tema principal: los niños y los caballos. Los peques, por lo que pueden sorprenderte. Y los caballos, prácticamente por lo mismo, por esa compenetración con el jinete, por esa capacidad que tienen de adelantarse incluso a tus órdenes. Por eso hoy, este post que será muy largo, va dedicado a los amantes de los caballos, esos maravillosos seres.

El de la foto es Rowan. Al principio, Rowan parecía normal. Habló muy pronto, y a los 12 meses ya decía cinco palabras que empezaban por be. Luego las perdió. Cuando, con 18 meses, no conseguía pasar ciertos límites, su madre supo que pasaba algo. Los escáneres indicaban que la materia blanca del córtex frontal, los "cables del ordenador" del cerebro, estaba superdesarrollada. Pero en lugar de conectar todas las partes del cerebro, una masa de cables llevan a una sola zona, de modo que parte del cerebro tiene más conexiones de las que necesita, mientras que la otra parte está poco servida. Las únicas zonas normales son el córtex visual y las de la parte trasera del cerebro, donde se almacenan los recuerdos. El diagnostico, autismo: su cerebro está cableado de modo diferente.


Y la sorpresa llegó con un descubrimiento accidental. Un día Rowan se escapó atravesando una valla y se fue con los caballos del vecino. Un percherón llamado Betsy empezó a mostrar un lenguaje corporal de docilidad con el niño. Era extraño. A pesar de sus ojos tiernos, Betsy es una quisquillosa yegua que no se lo piensa dos veces a la hora de soltar un par de coces en la cara de un caballo que la moleste o de irse directa al establo con un jinete incompetente a cuestas. Pero ahí la tenías, con la cabeza tocando el suelo, sometiéndose a un niño de dos años que no paraba de balbucear. El padre de Rowan, Rupert, le puso a Betsy una silla de montar y le preguntó a Rowan: "¿Quieres subir?". Y fue la primera vez que el niño le dio una respuesta directa: "¡Arriba, arriba!", dijo.

Cuando fueron a montar los días siguientes, hablaron. Rupert le preguntaba: "¿Quieres ir rápido o lento?", "¿Quieres ir al agua o a los árboles?", "¡Mira, un cuervo! Los cuervos son negros. ¿Cómo se deletrea cuervo?", "Dale un abrazo a Betsy. ¡Gracias, Betsy!". Y Rowan respondía. En lugar del balbuceo y las repeticiones vacías de rigor, eran palabras con sentido. Al principio, la nueva habilidad sólo se producía sobre el caballo, y se desvanecía como un sueño cuando estaba en el suelo. Más tarde también se extendió al resto de su mundo. Seis meses después, cuando Rowan tenía tres años y medio, pudo decirle a Betsy de manera espontánea que la quería. "En realidad, debemos la mayor parte del habla cognitiva de Rowan a Betsy", afirma Rupert. "Nunca le he estado tan agradecido a un ser vivo como a ese caballo".

Aunque Rowan pudiera ser un manojo de nervios de energía aleatoria hasta que se le ponía en la silla, y volviera a tener espasmos nada más bajarse, a lomos de Betsy estaba tranquilo. Y curiosamente también respondía a los curanderos. Y esto fue otro descubrimiento casual: cazadores – recolectores bosquimanos fueron llevados a EEUU para dar a conocer la pérdida de sus tierras por culpa de las minas de diamantes y algunos de ellos incluyeron a Rowan en sus ceremonias, rezando por él y entrando en trance. Los síntomas del pequeño parecían atenuarse: incluso le enseñaba sus juguetes a la gente.

Por entonces, los logopedas empezaban a dar a Rowan por perdido y decían que ya no podían seguir ayudándole. Lo único que parecía funcionar era una yegua gruñona y un encuentro con una cultura ancestral. Y su padre se preguntó ¿en qué parte del mundo se combinan caballos y curanderos? La respuesta fue Mongolia. Allí, Rowan y sus padres encontraron la magia.

Rupert explica que Mongolia es donde el caballo evolucionó y el ser humano aprendió a cabalgar sobre él, y donde se origina la palabra chamán, que significa "el que sabe". Así que la idea de Rupert es montar a caballo con Rowan, recorrer Mongolia de un curandero a otro y bañarle en aguas sagradas. El periplo finalizará en una de las regiones más remotas de la Tierra, donde los chamanes son particularmente poderosos.

Y se van. Financiados por una una editorial que le compra a Rupert los derechos del libro sobre su viaje por una suma tan elevada que en algunos países ha batido récords [en España, los derechos los ha comprado la editorial El Andén y se publicará en otoño de 2008]. Y se rodará una película, The horse boy.

El viaje empieza mal y va a peor. Los caballos son receptivos. Pero Rowan no se acerca a ninguno. Los primeros días, la mayor parte del grupo viaja a caballo excepto el niño, cansado y tristón, que pasa el tiempo en el todoterreno de apoyo. Todo lo que le es familiar está lejos. Experimenta un terrible retroceso y comienza a comportarse como sus padres no habían vuelto a verle desde que tenía 18 meses. Pierde el lenguaje y empieza a balbucear. Grita sin control cuando muge una vaca, ataca a una niñita mongola y muerde a su padre. Llevar al niño a las aguas sagradas conocidas como "el manantial del cerebro" significa arrastrarle a la fuerza hasta allí. Cuando se le echa el agua sobre la cabeza, vuelve a gritar. Pero de golpe empieza a reírse, y todo se convierte en un juego.

La mejoría es espectacular y su padre dice refiriéndose a la película que se está rodando, que “Rowan ya ha reaccionado extremadamente bien a los caballos y a las ceremonias de los chamanes... Con una prolongada exposición a ambos podemos esperar ver una mejora radical y la recuperación ante la cámara de la mente de un niño autista que se abre a la conciencia. Para el público que siga este viaje milagroso, esta experiencia como espectadores de cine será rara y mágica de verdad".

Hemos salido de la era oscura de los años cincuenta, cuando el autismo se achacaba al rechazo de una "madre severa" y al niño simplemente se le recluía en una institución. Pero todavía comprendemos muy poco. Un día saldremos del periodo medieval del autismo. Quizá la historia de El niño caballo sea un hito en el camino.

Os dejo el trailer de la película. De momento tiene pocas visitas y solo un comentario.



Esta es la historia de Rowan, y de su yegua Betsy. Ojalá que un día Rowan sea capaz de entender cuánto le debe.

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